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El Torrente de Nuestras Palabras

 

No. 262 por ANGY NEWMAN

La Asesora de Vida y Negocios No. 1 de México

CEO de NWMN Consultores

Más de 5 años de estar en contacto con ustedes

 

Existe una interesante diferencia entre el lenguaje normal y el lenguaje seductor, es como la que existe entre el ruido y la música. Todos nos hemos acostumbrado a oír el ruido, que es igual a nuestro lenguaje normal, por ejemplo: la gente puede escucharnos a medias mientras hablamos de nosotros, porque casi siempre sus pensamientos están a millones de kilómetros de distancia. Nos pondrán atención cuando escuchen de nuestros labios palabras que los aludan, pero sabemos que esa atención solo durará hasta que volvamos hablar de nosotros mismos. ¿Cómo aprendimos a no escuchar a los demás? Muy fácil, desde nuestra infancia nos desconectamos de “ese tipo de ruido” cuando se trataba de escuchar a nuestros padres.

 

Cuando hablamos de lenguaje, hablamos de nuestro estado de ánimo y emociones, con nuestro lenguaje nos podemos relajar, estremecer, motivar o destruirnos. Nuestro lenguaje es una de las máximas formas de expresión en el ser humano, con el lenguaje, tenemos la capacidad de relacionarnos con las personas, podemos tocar su vanidad y su corazón, podemos ayudarlos a resolver problemas, podemos decir cosas ingeniosas y entretenidas, que nos hagan ver personas de bien, aunado, a una actitud de ser brillantes y esperanzadores del futuro.

 

Promesas y halagos son música para los oídos de cualquiera, si utilizamos de forma honesta, persuasiva y creativa nuestro lenguaje, motivamos a la gente y hacemos que se reduzca su resistencia hacia nosotros. El escritor italiano Gabriele D Annunzio era poco atractivo físicamente, pero las mujeres no podían resistírsele. Aun las que conocían su fama de donjuán y lo repudiaban por eso, entre ellas la actriz Eleonora Duse y la bailarina Isadora Duncan caían bajo su hechizo. El secreto de él era el torrente de sus palabras en que envolvía a una mujer.

 

La voz Gabriele D Annunzio era como música para los oídos, su lenguaje poético y, lo más seductor ¡es que sabía halagar! Sus halagos eran dirigidos justamente a las debilidades de una mujer, los aspectos que ella necesitaba para confirmar “que él la amaba y deseaba” era importante escucharlo de sus labios…la mayoría de las mujeres que se piensa o se dicen hermosas, mayormente dudan de su ingenio e inteligencia. Gabriel D Annunzio primero utilizaba su mente para elaborar el plan perfecto para que cualquier mujer cayera a sus brazos, acto seguido, un lenguaje dirigido hacia el corazón de su presa.

 

La importancia y el valor de nuestro lenguaje es el halago seductor más puro que el humano puede emplear.

 

Nuestro lenguaje debe de estar orientado a los elogios, sobre todo si tienes frente de ti a una persona insegura. El halago puede ser una especie de preludio verbal. Por ejemplo, los poderes de seducción de Afrodita, tenían dulzura en su lenguaje, habilidad en el manejo de las palabras suaves y halagadoras que eran preparadas para el camino de ideas eróticas.

 

A la mayoría de las personas nos gusta escuchar palabras positivas, esperanzadoras, como lo hacía el Presidente Franklin Delano Roosevelt  en sus discursos públicos, hablaba poco de programas específicos contra la Gran Depresión; en cambio, se servía de retórica vehemente para pintar una imagen del glorioso futuro de Estados Unidos. En las diversas leyendas de Don Juan, el gran seductor dirigía de inmediato la atención de las mujeres al futuro, un mundo fantástico al que prometía llevarlas.

 

Hay que prometer siempre algo alcanzable, posible, no seas tan demasiado específico, porque debes de recordar que nuestras palabras vehementes acompañadas de pasión los “invitas a soñar”. Nuestro lenguaje representa la realidad de lo que somos y pensamos, definitivamente, hasta como vivimos: sentimientos, creencias, ideas, pensamientos, emociones, etc. El exceso de palabras es signo de egoísmo y soberbia.

 

Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización de la autora. Autorización sólo citando la fuente

Angy Newman, Derechos Reservados

Julio, 2014